Traducido del original en rumano.
¡No existe la carrera de Metallica!
9 de febrero de 2006
Salió el tema de Metallica en una de mis conversaciones con mi consorte y, de una cosa a otra, acabé contándole a mi novia cómo empezó mi pasión por Metallica y su música. La historia entusiasmó tanto a la pobre que decidió al instante que yo no tenía derecho, ante la humanidad, a dejar que se perdiera una historia así, y me hizo prometer que la escribiría y la publicaría. Así que esta noche os voy a contar cómo me convertí en un die hard Metallica fan.
La historia empieza ni antes ni después de 1991, el año en que Metallica sacó Metallica. Es decir, lo que los entendidos conocen con el nombre de «Black Album».
Por qué tan tarde... no lo sé. Metallica hacía música desde 1983, ya había sacado cuatro álbumes estupendos, pero yo no sabía de su existencia. Esta vez no puedo echarle la culpa (solo) al comunismo: había gente que escuchaba Metallica en Rumanía incluso en tiempos de Ceaușescu, pero yo nunca tuve nada que ver con ellos y, aunque amaba la música en general con una pasión sincera y cantaba con voz de niño «Un copac cu flori» o «Dimineți cu ferestre deschise» dondequiera que fuese... de Metallica no había oído hablar.
Como cualquier persona normal con dos ojos sanos en Rumanía, sí había visto el logotipo de Metallica escrito en distintos tonos de carbón sobre distintos muros de distintos tonos de gris, pero jamás habría sospechado que aquella cosa con ganchos era el nombre de un grupo de música.
Antes habría creído que era el nombre de una secta que me raptaría y me llevaría al bosque a beberme la sangre si me quedaba jugando al fútbol después del anochecer —tal como les pasaba a los «niños malos»—, o que era el nombre de un equipo de fútbol, hockey, rugby u otro macho-deporte, o que era el nombre de una pandilla de críos gamberros que habían hecho de jugar a policías y ladrones una forma de vida... pero ni loco se me habría pasado por la cabeza que Metallica fuera un grupo de rock.
Ni siquiera me interesaba, en realidad, qué representaba aquel logotipo tan complicado. No le veía ningún sentido a deformar letras y hacerlas difíciles de leer, tampoco entendía cómo alguien podía ser tan olvidadizo como para olvidar que acababa de dibujar una L y dibujar otra justo al lado, en la misma palabra. Hasta me molestaba que hubiera gente sin nada mejor que hacer que ensuciar las paredes dibujando unos ganchos que además no tenían ningún sentido.
Más o menos ahí estaba yo. Solo debería añadir que estaba en noveno curso, que habían aparecido los ordenadores personales en las tiendas de mi ciudad —un HC-85 costaba unos once mil lei, me parece—, que escribía mis primeros programas en BASIC y construía en la cabeza, mientras caminaba por la calle, distintos algoritmos con IF, THEN y GOTO, para desesperación de mis padres, que me mandaban al mercado a comprar col con el corazón en un puño, esperando en el fondo del alma que estuviera atento a los coches al cruzar la calle, y que respiraban aliviados de que no hubiera pasado nada cuando yo gritaba hacia la ventana una hora más tarde: «¡Papá, papá!, ¿qué tenía que comprar?».
Dos o tres de mis amigos de entonces tenían más suerte: tenían un HC-85 o un CIP en casa, la compra la hacían los padres, y ellos se pasaban el día delante del televisor, que de todos modos no captaba nada, jugando al BRUCE LEE, al ROAD RUNNER o al FLAG.
Unas cuantas veces al año, alguien se apiadaba de mí o de mi padre y nos prestaba un ordenador para dos o tres días, «para que el hijo del señor ingeniero vea también de qué va la cosa y si merece la pena comprarse uno». O quizá porque esa era la última maniobra que les permitía ver las noticias tranquilos, y hasta se alegraban de deshacerse de sus ordenadores unos días y mandar a sus criaturas fuera, a jugar al fútbol.
En uno de esos días había «conseguido» un CIP y una cinta con un juego nuevo, de naves espaciales; ya no recuerdo cómo se llamaba. Me moría de ganas de probarlo y lo único que me faltaba era un radiocasete desde el que cargar el juego.
Mi padre odiaba los radiocasetes y los tocadiscos; nunca tuvimos radiocasete, ni tocadiscos en la familia. Mi padre tenía magnetófono y estaba orgulloso de él, se sentía superior. No tenía mucha música, diez cintas de magnetófono como mucho, pero estaban cuidadosamente clasificadas, seleccionadas, grabadas, inventariadas. A mi padre le gustaba Deep Purple, y sobre todo le gustaba pronunciar el nombre del grupo. Lo pronunciaba con un acento americano (exageradamente) fuerte cada vez que tenía ocasión, y se quedaba encantado cuando conseguía pronunciarlo mientras remaba hacia una cerveza fría, mientras nosotros correteábamos por la casa y nos reíamos felices porque papá estaba «alegre» y eso significaba que tenía ganas de bromear, que todo iba bien y que la vida era hermosa.
Aurora, mi hermana, se sabía las cintas de memoria. No había terminado una canción y Aurora ya iba tarareando el principio de la siguiente. Nos asombró durante años con su memoria musical. Yo no podía. Yo lo que podía era mirar por la ventanilla cuando íbamos en coche al campo, en verano, y, guiándome por los árboles que corrían hacia atrás, decirle a mi padre con exactitud a qué velocidad conducía, sin echar ni una sola mirada al velocímetro. Esa era mi especialidad. Pero el orden de las canciones no era capaz de retenerlo. Aurora, en cambio, sabía con precisión cuándo se acababa la cinta y me avisaba con tiempo para que estuviera atento y le diera la vuelta, para que no nos quedáramos demasiado rato sin música. Sin música nos sentíamos siempre raros... como si no estuviéramos en nuestra propia casa.
Uno de los amigos de mi padre tenía radiocasete. Me acerco corriendo a su casa y le comunico que necesito su radiocasete UR-GEN-TE-MEN-TE e IM-PRES-CIN-DI-BLE-MEN-TE, media hora, no más, para poder cargar dicho programa en el ordenador que pensaba dejar encendido los siguientes dos o tres días. Éxito total. Me prestan el radiocasete dos o tres días, un Ghetto Blaster más grande que cualquier radiocasete que yo hubiera visto hasta entonces, vuelvo corriendo a casa con él en brazos, con cuidado al subir las escaleras de no tropezar y caerme encima de él, llego a casa sano y salvo, saco la cinta del juego, voy a meterla en el radiocasete y... uy: dentro hay otra cinta.
«Se ha olvidado de sacar su cinta», me digo, «voy a devolvérsela». Pero luego razono un poco más: «De todos modos no puede escucharla, porque no tiene con qué, ya que su radiocasete lo tengo yo». Así que saco rápidamente su cinta y la tiro a un rincón, meto la cinta del juego, pongo el mono, cargo, escucho con placer infinito el pitido característico, todo va bien, el juego se ha cargado, la aventura empieza.
Gran acontecimiento: ¡tenemos ordenador y Octavian dispara a todo lo que ve! Se juntan los amigos, la familia, todos se ponen detrás de mí y siguen con los ojos como platos lo que ocurre en el fantástico universo pixelado de la pantalla.
Y yo juego, y juego, y juego, disparo a extraterrestres malintencionados, recojo puntos y combustible, me vuelvo un experto, asombro a los que me rodean pasando a la segunda ronda aporreando las teclas sin mirar la pantalla, porque había descubierto el patrón según el cual caían del cielo los malditos extraterrestres. (El tío Viorel puede confirmarlo, era con diferencia el más asombrado por mis habilidades de guerrero intergaláctico y estoy seguro de que recuerda hasta hoy cómo maté a todos los invasores de espaldas al televisor.)
Al cabo de un rato la gente se cansa, cada cual se va a lo suyo, y solo queda mi hermana Aurora a mi lado, esperando a que la deje también a ella probar suerte matando. Jugamos unas rondas cada uno. Al cabo de un tiempo el juego se vuelve rutina, casi me aburre. Le digo a Aurora: «Oye, ¿no había una cinta en el radiocasete? ¿Dónde la he puesto? A ver, mira, vamos a escuchar música mientras jugamos».
Aurora encuentra la cinta enseguida, la mete en el radiocasete, aprieta PLAY y... ooooooooooooooooooohhhhhhhhh, aaaaaaaauuuuuuu, ¡¡¡Dios mío!!! ¿¿¿Qué demonios es esto??? Un ruido espantoso llena la habitación. «Ay, le he roto el radiocasete al vecino», me pasa por la cabeza. El ruido es inmenso, es insoportable, sacude cada célula de mi cuerpo, tengo la sensación de que las ventanas están a punto de romperse y de que el yeso empieza a caerse de las paredes. Aurora se queda paralizada unos instantes, luego intenta taparse los oídos con una mano mientras con la otra busca a tientas el botón de STOP, mientras yo le grito exasperado: «¡¡¡Apágalo!!! ¡¡¡Apágalo!!! ¡¡¡Apágalo!!!».
Al cabo de una eternidad, Aurora encuentra el botón de STOP. Lo aprieta seco, enérgico, casi histérico. Silencio. De pronto hay silencio. No me lo puedo creer. El corazón me late como un loco. Los extraterrestres han descubierto mi nave y me disparan en una histeria general, pero yo ya no los oigo, ya no me impresionan sus bombas ni sus láseres. Perplejo, me quedo mirando a Aurora, intentando entender qué demonios acaba de pasar.
«¡¡¡Yo no he hecho nada!!! ¡¡¡No me mires así!!!», dice Aurora.
«¿Lo habré roto?», pregunto asustado.
«¡Ya verás lo que te hace papá si lo has roto!», me responde ella, y añade tras una breve pausa: «¿Cuánto costará un radiocasete de estos?».
No sé cuánto cuesta, pero algo oí, me parece, la última vez que hablé con los chicos de radiocasetes, cuando descansábamos en la fuente, después de haber bebido agua fría aunque seguíamos sudados del fútbol.
«Más o menos como una moto», le respondo.
«¡Ay!»
Silencio. Pausa larga.
«¡Vamos a probar otra vez!»
«¡Vale, pero baja el volumen!»
PLAY. El mismo ruido horrible sale de los altavoces, pero esta vez más bajo. Está claro: no es el radiocasete, es la cinta. No tenemos otra cinta para probar y asegurarnos. Pero el radiocasete parece estar bien.
«¡Dale la vuelta!»
Le da la vuelta.
PLAY. Música. ¡¡¡Múuuuuuuuuuusicaaaaaa!!! ¡Por fin! Se oye música.
«¡Súbelo!»
«¡Uf, qué susto me he llevado!»
«¡Y yo!»
«¡Sí, yo más todavía!»
El radiocasete está bien, la cinta está bien, nos calmamos, escuchamos música.
Pero qué música más rara... En mi vida he oído nada parecido. ¿Qué clase de música es esta? Miro a Aurora. Ella me mira a mí. Escuchamos. La música fluye suave, suavísima. Me gusta. Creo. No estoy seguro. No estoy seguro porque en mi vida he oído nada parecido. Tan suave. Suave, pero de un modo raro... Aunque fluye suave... no me calma, ¡al contrario! En lugar de adormecerme o de hacerme soñar despierto, como suele pasar, me despierta. Hace que me sienta más despierto que nunca. Es tranquilizadora y perturbadora al mismo tiempo. ¿Qué demonios será esta música?
¡Y qué voz más rara tiene este tío! Dirías que es una canción de una película de vaqueros, pero es que aquellas también son distintas, más normales, no como esta. ¿Eso será una guitarra? Suena rarísimo, no tengo ni idea de qué es. Miro a Aurora, pero en sus ojos no veo más que los mismos signos de interrogación. Ninguno de los dos dice una palabra. Estamos en trance. Como si nos hubiera arrollado el expreso. Y la música sigue fluyendo suave. Luego se acaba la canción. Hay silencio. Nos miramos con los ojos muy abiertos.
Voy a decir algo cuando de repente... ¡horror! El ruido espantoso de antes vuelve a estallar en los altavoces. ¡Ay! Aurora reacciona fulminante, como un reptil, y golpea el botón de STOP tan fuerte que de una sola pulsación se convierte también en EJECT.
«¡Rebobina!», le digo, pero ya no hace falta: Aurora se ha aprendido los botones y la cinta ya corre hacia atrás. Fuera lo que fuese aquella música tan buena de antes, se acabó demasiado rápido para que pudiera catalogarla, meterla en alguno de los cajoncitos de mi cabeza —quizá en «música ligera», más difícil de creer en «música popular», quizá en «música country», ni idea. No encaja en ninguna parte.
PLAY. Ruido. Susto. Horror.
«¡Has rebobinado mal! ¡Has avanzado!»
«¡Que no, que he rebobinado bien!»
«¡Entonces has rebobinado demasiado! ¡Bájalo!»
Buscamos desesperados. Esta cinta está llena de porquería. A lo mejor está desmagnetizada. O algo así. Solo tiene una canción. ¿Dónde está? A lo mejor la encontramos otra vez en la otra cara... No, no, tiene que estar aquí. La encontramos, la escuchamos otra vez. Dios, qué bien se está. ¡En mi vida me he sentido tan bien! Ni cuando mi padre me compró la bicicleta, ni cuando mi padre me dejó conducir el Dacia por el campo, en el pueblo, después de terminar de recoger el maíz, ni cuando le toqué las tetas a aquella pelirroja tan maja de Oradea, hace dos veranos, en la playa.
«¡Ponla otra vez!», le digo de nuevo a Aurora, aunque ya no hace falta. Aurora es una experta: rebobina, baja el volumen, escucha con atención dónde termina aquel ruido espantoso —un ruido en el que ya nos ha parecido empezar a distinguir algo así como alaridos inhumanos, y unos ruidos rítmicos que, aunque suenan a música, no pueden ser música, está claro—, o quizá fue música alguna vez, pero algo le pasó a la cinta en ese tramo; ningún ser humano podría grabar algo así a propósito.
Escuchamos sin parar y no nos hartamos. Al final se acaba el fin de semana y tenemos que volver al colegio.
Volvemos al colegio. Por el camino intento tararear la canción que me puso de punta cada pelo de la cabeza, de los brazos, de las piernas y del resto de mis posesiones terrenales. No lo consigo de ninguna manera. No recuerdo ni siquiera dos notas seguidas. Tengo la vaga sensación de que la canción está dentro de mí, pero no soy capaz de reproducirla de ningún modo. No puedo silbarla, no puedo tararearla, no he retenido ni una palabra. Sé un poco de inglés, pero de aquella forma tan rara de cantar no entendí ni retuve nada.
«Aurora, ¿cómo era la canción?»
Aurora sí parece capaz de tararear algo, algo —tiene mejor memoria musical que yo—, pero también anda lejos. Aunque siente exactamente lo mismo que yo: que la canción le suena con fuerza en la cabeza.
Llegamos al colegio. Los dos vivimos en el internado, lejos de nuestros padres. Las habitaciones de los internos están en la segunda planta, en un pasillo común dividido en dos por un tabique de aglomerado.
En el internado, de compañero de habitación, me espera un personaje aparte: Cosmin. Cosmin Butnar. Nosotros lo llamábamos «Butnărel». (Cosmin, si algún día lees esto, haz el favor de dar señales de vida, que te echo mucho de menos y no tengo ni idea de por dónde andas.)
Cosmin es un año mayor que yo, tiene una novia con la que está desde hace dos veranos, una tía estupenda, de la que era inseparable desde que nos conocimos en el campamento de la playa, sin saber que dos años después acabaríamos siendo compañeros de habitación y buenos amigos. Cosmin tiene un bigote estupendo y virgen que no se ha afeitado nunca desde que le empezó a salir pelo en la cara. Yo tengo tres pelos debajo de la nariz que no puedo llamar bigote por mucha buena voluntad que le eche. Yo soy un crío. En Cosmin ya se ve con fuerza el futuro hombre.
Cosmin es corrido y curtido. Está un poco majareta, pero es bueno en mates y en física (a su profesor de física, y mío, lo llaman Miron; nosotros lo llamábamos «Mironel»). Cosmin es imbatible en trigonometría y no entiende por qué a algunos les parece difícil. Y por encima de todo, Cosmin es una enciclopedia musical andante. Tiene radiocasete, tiene cintas, conoce cientos de grupos, si no miles, y está siempre al tanto de lo que pasa. Yo no soy así. Yo soy un ignorante. A mí me gusta la música de las cintas de magnetófono que escucho en casa con mi padre, lo demás me deja más o menos frío.
A mí me gustan Iris y Compact, me sé sus letras de memoria y las tarareo casi siempre, cuando corto leña para el invierno con mi padre, por ejemplo. Mi padre me pregunta de vez en cuando: «Oye, chaval, ¿has sufrido algún desengaño amoroso? ¿O qué te pasa, que solo cantas canciones tristes de estas?». ¿Amor? Je, qué pensamiento tan atrevido. No tengo ni idea de qué es eso del amor, es una cosa de esas películas con las que me duermo, pero estas canciones tristes me encantan con locura. Pero los grupos extranjeros... aparte de Deep Purple no los conozco ni me interesan. A los chicos que escuchan grupos extranjeros tampoco los entiendo mucho, la verdad, pero da igual: lo importante es que nos entendemos bien jugando al fútbol.
Pero esta canción me está matando. Tengo que averiguar IM-PRES-CIN-DI-BLE-MEN-TE quién canta, cómo se llama el cantante o el grupo y de qué va la canción. Así que ardo en ganas de encontrarme con Cosmin. Apenas he deshecho la maleta y la primera pregunta es: «Cosmin, ¿conoces esta canción?», e intento tararearle algo. Le cuesta pillarlo, yo tarareo fatal, pero en un momento dado dice: «No estoy seguro, pero creo que es de Metallica».
«¿¿¿¿Metallica????»
Lo miro con incredulidad. No, no, no, qué tonterías dices, no lo has oído bien, deja que te la tararee otra vez: «¡Naaa naa na naaaa na naaaaa!».
«Que sí, tío, que es Metallica. La canción se llama Nothing Else Matters.»
«Pero, Cosmin, tío, ¿cómo va a ser Metallica? ¿Metallica es un grupo? Metallica es una secta, ¿no?»
«Que no, tío, que eres tonto, Metallica es un grupo.»
«Tío, no te creo.»
«Allá tú. Tengo un amigo que tiene la cinta, se la pido mañana y te lo enseño.»
Al día siguiente escuchamos los dos Nothing Else Matters. A él le gusta igual de mucho. Yo todavía estoy peleándome por aceptar que Metallica es un grupo, intento imaginar cuántos son, qué aspecto tienen; de pronto me pica una curiosidad tremenda por saber qué demonios pasa con estos Metallica y, sobre todo, qué son esos alaridos espeluznantes del resto de la cinta. Un pensamiento terrible me ronda: «¿Serán a propósito?».
«Que sí, tío, claro que son a propósito, así es como cantan.»
Ahora estoy muerto de miedo. ¿En qué me he metido? El día menos pensado acabo escribiendo yo también Metallica con carbón en los muros del colegio y juntándome con los melenudos y los guarros. Y aun así me pica una curiosidad tremenda.
Cosmin se va el fin de semana siguiente a una concentración de moteros. A mí me gustan las motos; cuando era pequeño lloraba cuando mi padre me bajaba de la moto, me encantaba sentarme en ella y echar espuma por la boca en curvas imaginarias entre las gallinas del corral de mi abuela.
Cosmin tiene unos amigos moteros que lo saben todo sobre Metallica, y va a preguntarles si les gustan, si son un grupo bueno o son alguna secta que hace música rara para reclutar a sus víctimas entre los psicológicamente frágiles, procedentes de familias rotas —en cuyo caso yo huiría de ellos como del fuego, siendo yo un niño con una psique sana, con una infancia feliz, procedente de una familia llena de amor, comprensión y respeto mutuo, en la que mi padre no se emborracha y le pega a mi madre, sino que solo «se pone alegre», tiene ganas de bromear y sonríe a todo—, o si de verdad son, sencillamente, un grupo de música que también nosotros podemos escuchar sin que nos acechen diversos peligros en cada estrofa.
A la semana siguiente, por supuesto, domingo por la noche en el internado, Cosmin es la prioridad número uno. Y Cosmin me cuenta:
«Estaba en un grupo grande de moteros que hablaban de todo. Y salió el tema de la música. Aquellos sabían nombres de grupos que yo no había oído en mi vida. Pero hablaban sobre todo de Iron Maiden, de Judas Priest, de Megadeth, de W.A.S.P., y cada uno decía que su grupo era el mejor.»
«¿¿¿Y de Metallica???»
«¡Espera, que te lo cuento!»
«¡Pues cuéntamelo!»
«De Metallica no decía nadie nada.»
«¡¡¡Venga yaaaaaaaaa!!!»
«¡¡¡Te lo juro!!!»
«¿Nada de nada?»
«¡Espera, que te lo cuento!»
«¿Y tú no preguntaste nada?»
«¡Espera, tío, que te lo cuento!»
«¡Pues cuéntamelo ya!»
«Pues estoy ahí un rato, veo que nadie dice nada de Metallica, me pongo al lado de uno que me caía así como más simpático y le pregunto bajito: "Oye, pero... Metallica... ¿a ti te gustan?", y el tío me mira, sonríe y dice: "¿A quién no le gustan Metallica?".»
Y ya está. Ese fue el final de nuestras inquietudes. Sobre todo de las mías: Cosmin no se comía tanto la cabeza. Aquella noche decidimos los dos, tácitamente, que teníamos que averiguar todo lo que hubiera que averiguar sobre Metallica.
Yo tenía dos grandes preguntas:
1. ¿Cómo es posible hacer una canción como Nothing Else Matters, que tumbe de espaldas, que te dé la vuelta a las venas, que te haga flotar y olvidarte de ti mismo, que te haga llorar y reír al mismo tiempo, de la que no te canses nunca por muy a menudo que la escuches; que, cuando la escuchas después de una semana sin escucharla, te parezca tan fresca, tan nueva, tan llena de sorpresas, como si la oyeras por primera vez en tu vida; en la que descubras en cada escucha una armonía nueva, una nueva melodiílla, un tintineo, un ritmo que, aunque hayas escuchado ya la canción cientos o miles de veces, todavía no habías notado?
2. ¿Cómo es posible que un tío o un grupo que da muestras de tanta sensibilidad sea el mismo tío o el mismo grupo que berrea sin parar durante una hora, sin el menor rastro de armonía ni de musicalidad, que simplemente hace un ruido infernal y produce esos alaridos inhumanos? Y si el tío que canta Nothing Else Matters es el mismo que berrea, ¿qué demonios le habrá podido pasar, qué clase de experiencias terribles habrá podido vivir para ser capaz de berrear de esa manera, como si lo estuvieran desollando vivo? ¿Cuánto dolor se esconde en sus alaridos y de dónde viene, porque de gusto seguro que no grita? ¿Y qué demonios espera conseguir con eso, por qué no se va a gritar a algún bosque donde no lo oiga nadie? ¿Y qué le encuentran los moteros y los demás bichos raros —a los que, aunque no entiendo, reconozco que admiro un poco en secreto—, qué le encuentran de bueno o de agradable a esta «música», por llamarla música? O mejor dicho: ¿cómo son capaces de escuchar una hora de berridos y rugidos sin tapones en los oídos y sin estrellar el radiocasete contra el suelo?
Un año y un verano más tarde estaba otra vez con Cosmin en el internado. Mientras tanto había escuchado el Black Album de diez a veinte veces al día. Tenía mi propia cinta y la escuchaba de noche en el internado. Mientras los demás dormían, yo escuchaba con auriculares, en walkmans prestados por los compañeros.
La cinta la conseguí... increíble... de mi abuela. Paseando con ella por el mercado, en las vacaciones de verano, me paré delante de un puesto de cintas de música. Miraba aburrido títulos como «Albatros», «Canciones de boda», «Canciones de buen humor», y me quedé helado de golpe cuando vi en el lomo de una cinta: Metallica. Casi me desmayo. ¿Metallica? ¿En el mercado? La cojo, le doy vueltas por todos lados. En lugar de título o portada de álbum solo había una foto en blanco y negro. Esta:
Todas las vacaciones de verano estuve aterrorizando por turnos a los vecinos, rogándoles que me dejaran escuchar mi cinta en sus radiocasetes. La gente hablaba de mí. Me comportaba de forma rara. Entraba en su casa, decía dos palabras, me sentaba al lado del radiocasete y allí me quedaba hasta que anochecía o hasta que venía mi abuela a buscarme.
Aquel verano se me metió el Black Album en la sangre. Cada día descubría algo. Y me encantaban las sorpresas: ya un sonido de tambor, ya un alarido que hasta entonces se había escondido detrás del bombo, ya un trino de guitarra que solo se oía en el altavoz izquierdo y que me hacía estarle profundamente agradecido a mi padre por haberme tenido noches enteras junto al magnetófono y haberme enseñado cuál es la diferencia entre mono y estéreo.
Cada vez que descubría algo nuevo daba un salto de alegría, paraba el radiocasete, rebobinaba y escuchaba otra vez solo aquel fragmento. Lo escuchaba hasta estar seguro de que ya no se escondía nada a su lado, de que había oído todo lo que había que oír, de que había exprimido hasta la última gota de música de aquella pobre cinta.
«Cuidado, que lo vas a romper si juegas así con los botones», me decía alguno, mientras yo me juraba entre dientes que iba a ahorrar el dinero de los bollos y me iba a comprar un radiocasete. «¡Los botones están hechos para apretarlos, se rompen si no los aprietas!», respondía, y los miraba escupirse en el pecho, santiguarse tres veces e irse a lo suyo.
De vuelta en el internado, primer trimestre, décimo curso. Para desesperación de mi padre... no paro hasta que me llevo mi guitarra de Reghin, con cuerdas de nylon, que me regalaron a los 6 años y sobre la que se acumulaba el polvo detrás del armario más o menos desde que tenía 6 años y dos semanas, con una breve pausa en quinto curso, cuando me apunté al «club de guitarristas» y aprendí a tocar «Oda Partidului» en la menor.
Una vez en el internado con la guitarra, para desesperación de la educadora, no salgo de las duchas (donde no molestaba a nadie) hasta que encuentro las tres notas con las que empieza el riff característico de The Unforgiven.
Unas semanas más tarde Miki me regala el álbum Kill 'Em All. Lo digiero literalmente en una semana y me doy cuenta de que retengo con relativa facilidad bastantes pasajes que luego voy tarareando haga lo que haga, vaya donde vaya.
Empiezo a buscar las notas en la guitarra y encuentro cada vez más, cada vez con más facilidad. En Motorbreath me asombra lo bien que encajan dos riffs distintos que (para mi cabeza de entonces) en realidad no tienen nada en común.
Luego encuentro entre los compañeros una fotocopia de un extracto de una revista de música occidental, en inglés, en la que hay impreso un fragmento de la partitura de Jump in the Fire. Me paso unas cuantas noches en las duchas, con libros de música prestados por mis compañeros de internado de quinto a octavo, y aprendo el riff principal.
Cuesta, pero por primera vez en mi vida tengo la certeza de que lo que hago con la guitarra está bien. El siguiente reto, sin embargo, es aún mayor: cantar además la letra al mismo tiempo. Me lleva unos seis meses, y nunca consigo cantarla de verdad, pero sí consigo mascullarla bastante bien. Lo bastante como para convencer a mis compañeros de que estoy perdido para siempre, sin posibilidad de recuperación.
Luego viene Ride the Lightning, prestado por Mishu, devorado sin pausa. Master of Puppets y ...And Justice for All rematan la faena. Cuando creía que ya tenía todo lo que había sacado Metallica, alguien me presta Garage Inc., su álbum de versiones. Me gusta casi más que los álbumes originales. Helpless me mantiene despierto noche tras noche, semanas enteras:
I can see the stars
But I can't see what's going on
Every night alone
I sing my song just for fun.
Only time will tell
If I'll make it myself someday
This stage is mine
Music is my destiny.
Cannot squeeze the life from me!
Helpless
Helpless
Helpless
Helpless
Y Crash Course in Brain Surgery me daba ganas de vivir en cualquier circunstancia:
Look inside and you will see
The words are cutting deep inside my brain
Thunder burning, quickly turning
Knife of words is driving me insane
Insane, yeah
Raven black is on my track
He shows me how to neutralize the knife
Show to me in surgery
The art of fighting words to conquer life
Conquer life, yeah
...............
«The art of fighting words to conquer life»: esa fue probablemente mi frase de cabecera en el instituto.
Un instituto de bachillerato, por cierto, que terminé de forma aceptable, es decir, muy por debajo de las expectativas de mi padre. Dos semanas después de la selectividad, estoy más enfermo que nunca. Si oigo la palabra «Metallica», doy un respingo. Si oigo a Metallica en la tele, dejo caer lo que tenga en la mano y salgo en tromba, pisando cadáveres, atravesando puertas, paredes y ventanas, hasta la habitación del televisor para ver el videoclip. Si alguien cambia de canal, hay guerra.
El instituto lo terminé, pero yo soy un sin terminar. No puedo empezar nada y, aunque pudiera... no sabría el qué. Hice el bachillerato de ciencias, pero después de haber escrito MATEMÁTICAS con los ganchos de METALLICA en todas las paredes y en todos los cuadernos y libros de mates (los míos y los de mis compañeros), de todos modos ya nadie me toma en serio.
(Solo la tutora, y ella solo lo justo para atizarme en la cabeza con el libro de registro, después de lo cual también ella se olvidó de mí. Por cierto, de la emoción... se me escapó un pedo justo en el momento en que la tutora me dio con el registro en la cabeza. No se oyó, porque el golpe del registro fue mucho más fuerte, pero si os acordáis todavía, queridos compañeros, de aquel olor del que nadie sabía de dónde venía: ¡venía de mi pedo! Y no fue culpa mía, porque todavía habría podido controlarlo si la tutora no me hubiera dado con el registro en la cabeza.)
Así que dos semanas después de la selectividad me voy con mi padre al bosque a coger frambuesas. El padre preocupado porque el retoño ha cogido malos caminos; el retoño preocupado porque sufre de discromatopsia aguda y sencillamente no ve las frambuesas rojas entre las hojas verdes. «¡¡Ahí está, hombre, ¿no la ves?!!», «¿Dónde, papá?», «¡¡¡Delante de tus narices!!!».
No la veo y punto. A la porra las frambuesas. De todos modos... tenemos otras cosas más importantes que discutir. Por ejemplo, qué pienso hacer, ahora que he aprobado la selectividad.
«¿Cómo que qué pienso hacer?»
En cierto modo... como en Forrest Gump:
Jenny: Do you ever dream, Forrest, about who you're gonna be?
Forrest Gump: Who I'm gonna be?
Jenny: Yeah.
Forrest Gump: Well, ain't I going to be me?
No pensaba hacer nada, salvo mandar a paseo las frambuesas, que de todos modos no las veía, e irme a casa a tocar la guitarra, porque mientras tanto había aprendido el riff de The Four Horsemen y me gustaba hasta enloquecer. Si podía tocarlo tres días sin parar, no necesitaba ni agua ni comida tres días sin parar. Pero, por desgracia, tenía que ir a coger las frambuesas invisibles de vez en cuando.
Y así, un día de sol, cogiendo frambuesas, arreglando el mundo, hablando con mi padre de mi futuro incierto, escuchándole decirme que podía hacer lo que quisiera con mi vida, pero que no tenía ninguna posibilidad si no iba a la universidad, hablando de distintas carreras, enterándome de que Historia «me aburre», Economía «me repugna» y en Informática hay demasiada competencia... mi padre, al límite de su paciencia, acabó exclamando con muchísima rabia:
«¡¡¡No existe la carrera de Metallica!!!»
...y estampó luego el cubo contra el suelo, esparciendo un montón de frambuesas invisibles pero riquísimas.
Aclarado ese punto, me quedó de pronto clarísimo que tenía que hacer algo, lo que fuera, que me permitiera seguir estudiando Metallica con pasión, a distancia.
A distancia, sin profesores, sin compañeros, sin exámenes y sin diploma. Motivo por el cual desde entonces y hasta el día de hoy todavía no he terminado mis estudios, aunque estudio con ahínco cada día.
Mientras tanto han cambiado muchas cosas: ya no ahorro en comida para comprarme CD y DVD, sino para comprarme partituras, que leo solo para asegurarme de que oí bien lo que oí cuando estaba en las duchas o en el váter con la guitarra y con mi radiocasete International en brazos, rebobinando adelante y atrás hasta que los botones saltaban fuera del aparato (¡se rompe si los aprietas muchas veces, es verdad!), aprendiendo nota a nota, canción a canción, álbum a álbum.
Mientras tanto los he visto cuatro veces en directo y la última vez estuve a dos metros de ellos. Se dice por el pueblo que este año, (casi) por mi cumpleaños, los voy a ver por quinta vez. (Guinness, anyone?)
Todo lo que me falta para terminar mis estudios es un poco de suerte y dos o tres compañeros con los que trabajar juntos en el proyecto de fin de carrera. Por desgracia, en esta ciudad no tengo ni pizca de suerte, así que creo que me voy a trasladar a otra ciudad en un futuro próximo. Pero renunciar no renuncio. ¡No, no! ¡Ni de broma!