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Traducido del original en rumano.

Día 16: Reikiavik

Día 16 — Reikiavik. Llegamos con media hora de retraso a Reikiavik, después de una noche inolvidable con la tormenta Floris, razón por la cual todos los tours guiados tuvieron que retrasarse media hora. Eso me hizo reflexionar.

Yo soy marinero de veleros, zarpo cuando el tiempo me lo permite, llego cuando puedo, donde puedo, y estoy dispuesto a cambiar mis planes en cualquier momento en el agua, según dicten el viento y las olas. Los uso, los enfrento cuando hace falta, pero al final ellos tienen la última palabra. Y empeñarse en mantener un rumbo determinado, o un ritmo determinado, o un destino determinado, o llegar a una hora prometida, es una receta para el desastre en mi mundo. Si tienes esa actitud, entonces quizás una lancha a motor te venga mejor que un velero.

En el mundo de los cruceros, sin embargo, media hora de retraso significa que hay que comunicar a los pasajeros que deben sumar 30 minutos al programa cuidadosamente impreso a bordo y repartido en los camarotes la noche anterior. (Porque claro que tienen también una pequeña imprenta a bordo, además de panadería, carpintería, sastrería, herrería, etc.) A qué hora presentarse en tal o cual auditorio para desembarcar por grupos. Luego con los conductores de autobús y los guías. Luego, eventualmente, con los museos u otras atracciones turísticas que esperan a los turistas. Etcétera, etcétera. Luego con el capitán del puerto, el práctico, los remolcadores y la gente en el muelle que maneja las amarras con las que se asegura el barco, gente que necesitas tanto a la llegada como a la salida, porque no puedes zarpar solo con un barco así cuando te apetezca, hay que dirigir todo un concierto de colaboradores de un puñado de empresas distintas, que trabajan todos en armonía para que Horst y Gertrud tengan un viaje a la altura del precio que pagaron con su merecida pensión.

Un mundo completamente distinto. Y los tours guiados son tan populares que ya no había sitio para nosotros en el autobús: tampoco lo queríamos, pero aunque hubiéramos querido, ya estaban agotados semanas antes de que empezara el crucero. Así que hicimos lo que siempre hacemos: alquilamos un coche rojo de la empresa Blue Car (¡sorpresa! 🙂) e hicimos por nuestra cuenta un recorrido por las atracciones turísticas más importantes de los alrededores de Reikiavik: placas tectónicas, géiser, cascada, los campos de lava, y ya, se había acabado el día.

Último día. Última parada. Desde aquí nos quedan tres días de mar hasta llegar de vuelta a donde salimos: Bremerhaven. Tres días que ya han pasado mientras escribo estas líneas, porque llegamos mañana por la mañana. Tres días en los que apenas hice fotos, dormí mucho, ordené fotos, filmé algunas impresiones en vídeo a bordo que publicaré en los próximos días, hice planes para futuros cruceros y pensé en lo parecido que es un crucero a nuestro propio planeta.

De hecho, toda la humanidad está de crucero en este mismo momento, un crucero por el espacio. Pero el barco de la humanidad está en el caos, la tripulación dividida, nunca hemos tenido capitán, los oficiales se pelean entre sí y los marineros toman el partido de quien parezca más fuerte, o de quien mejor encaje con las historias e ideologías que llevan en la cabeza, con la esperanza de que les vaya mejor.

Cuando corres las cortinas del camarote y enciendes la tele, es facilísimo olvidar dónde estás. Ves las noticias, o una película, o un show, o incluso vas al cine, porque claro que también hay cine a bordo… ¡y te sientes seguro! Te acostumbras tanto al movimiento del barco que lo olvidas, igual que el ruido del motor.

Luego abres la puerta del balcón o sales a cubierta, y el viento y el rugido de las olas de varios metros de altura te arrancan del sueño que vivías como Neo en Matrix y te devuelven brutalmente a la realidad de verdad: estás en medio del Atlántico Norte, el agua bajo ti tiene 3000 metros de profundidad, y sabes, por el History Channel y por las películas de Tom Hanks, Tom Cruise y Tom Hardy, que el fondo marino sobre el que flotas en absoluto confort está sembrado de los restos de barcos, aviones y submarinos, y de los huesos de tantos semejantes que perdieron la vida para que tú ahora puedas sorber una Virgin Colada con las piernas cruzadas, los ojos y los pensamientos bailando sobre las olas.

Qué terrible habrá sido el momento en que fueron arrancados de sus seres queridos y arrojados a las frías aguas del océano por algún capitán de submarino que vivía para demostrar su lealtad a algún líder cuyas ideas hoy son motivo de burla para el mundo y para la historia. ¡Cuánto sufrimiento! ¡Cuánta miopía!

Creo que, por esa necesidad de sentirse seguro, aunque sea un engaño, una falsa sensación de seguridad (a false sense of security), algunas personas a bordo preferirían hacer cualquier otra cosa, preferirían ver una película, ir a un show, jugar a las cartas en la sala de juegos, ocupar la mente con el menú del restaurante y el programa de entretenimiento, antes que observar el océano. Lo que sea, con tal de escapar de la realidad. "Ay, no quiero ver el océano, que da miedo."

Contemplar el océano negro desde la cubierta del barco en plena noche es como contemplar el universo desde la cubierta del planeta. Está bien preocuparse por trivialidades cotidianas como el menú de la cena o el programa de entretenimiento, o con quién socializarás mañana en el desayuno, o cómo conseguir un buen sitio en la mesa, al sol, a la sombra, junto a la ventana, según el gusto de cada uno.

Pero demasiados hacemos eso, y solo eso, sin parar, olvidándonos de salir a cubierta y echarle un vistazo al océano de vez en cuando. Si lo hiciéramos más a menudo, nos resultaría mucho más fácil poner en la perspectiva correcta las nimiedades por las que nos peleamos como tontos unos con otros cada día.