Traducido del original en rumano.
Día 7: Harstad
26 de julio de 2025
Día 7 — Harstad
Hoy me llamó la atención un anciano encorvado, con bastón y audífono en la oreja, que filmaba con mano temblorosa a unas… gaviotas… o lo que fuera interesante que hubiera visto allí, con una videocámara de cintas y pantalla plegable de la época en que era joven, mientras su anciana esposa esperaba pacientemente a que se le pasara el capricho.
Probablemente, cuando lleguen a casa, organicen una velada en la que inviten a los dos últimos amigos que aún no se han muerto para ver juntos las impresiones del viaje en un reproductor de VHS conectado a un televisor de tubo, coronado por un tapete y una figurita de porcelana. Porque no sé qué otra cosa se puede hacer con esas cintas antiguas, con resolución de sello postal y sin estabilización de imagen. Sus amigos se sentirán como si hubieran estado con él en esta aventura: mareados de lo mucho que le temblaba la mano al filmar.
Y mientras los observaba unos segundos al pasar junto a ellos, con todos estos pensamientos cruzándome la mente, mientras yo mismo aún negaba levemente con la cabeza, consternado por lo inútil de su esfuerzo y el abismo tecnológico entre nosotros dos… me di cuenta, claro, de que en realidad… tampoco soy tan diferente.
Aunque yo tenga el último móvil y esté conectado sin parar con mi audiencia casi en tiempo real, el acto artístico, la motivación, la satisfacción y el sentido de lo que hacemos son los mismos. Lo que hago yo no es ni un poquito más brillante que lo que hace él. Y la pobre Geesche… solo ella sabe cuántas veces ha esperado por mí igual que su anciana esposa espera por él, mientras yo fotografío alguna escena aparentemente banal desde una decena de ángulos sutilmente distintos hasta lograr extraer de ella lo que fuera que hubiera visto de interesante allí. O no.
Durante la cena hablamos con nuestros compañeros de mesa sobre lo inútil que sería una legislación que prohibiera, o intentara prohibir, el desarrollo de la inteligencia artificial, porque siempre habrá alguien trabajando en ello en secreto, motivado solo por la sospecha de que no es el único.
Hay una canción que me gusta y que lo resume bien: no importa cuántas veces se lo digas, cada día aparece otro necio lleno de odio queriendo demostrar algo, y la gente sigue haciendo el tonto igual, se lo hayan tomado en serio o no.
Y he llegado a la conclusión de que todo lo que podemos hacer es disfrutar de la vida… mientras podamos.
Cautivos de la condición humana en la que nacimos, buscando eternamente una explicación que nuestro cerebro primitivo pueda realmente procesar, balanceándonos en un equilibrio precario entre la promesa tecnológica del paraíso en la tierra y la amenaza de la autodestrucción sin derecho a apelación…
…ya sea que filmemos con la última tecnología de cámara estéreo para una reproducción ultrarrealista en gafas de realidad virtual, o con el móvil, o con una cámara Super 8 de los años 60, o que grabemos una pintura rupestre con una piedra más afilada en la pared de una cueva: esto es lo que somos.
Y quienes llegan a hacerlo con el bastón en la mano, el audífono en la oreja y una esposa paciente a su lado… son solo los afortunados.
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